Todos Tienen que saber

 

 Si la tierra es abundante como revela la Escritura; Que da fruto a 30, a 60 y a 100 por uno, ¿por qué entonces el hombre común se conforma con vivir de mendrugos en un país “de tantas leyes”, tan rico para otros y él tan pobre; Donde sus dirigentes solemnemente ineptos y locamente ricos colman con creces los deseos del corazón y de la carne. ¿Cómo puede entenderse que el ciudadano pedestre se conforme con lo menos, acaso por no meterse en líos o ganar algún cielo utópico?

O quizás tal vez porque su barca navega en un tan pequeño mar de ideas, que sus ocupaciones lo hacen ver inmenso, no tiene tiempo de pensar o de leer un libro, enterarse y despertar de su letargo,  salir de su tonta caverna a  encontrarse con otro mundo, tal vez luminoso, quizás no tanto, pero no lo sabe, no ha probado, o acaso ¿no se lo permiten y no sabe que es así? Será necesario otro impuesto u otra devaluación lo que lo tire de cabeza por la borda de su barquita infantil hecha de papel periódico, televisión y fútbol; Que  se hunda, que el mar lo cubra mientras los sargazos se le enredan en la cabeza y grite entre burbujas de miedo,  se orine y medio muera, para salir al fin iluminado, resucitado, despierto, al asirse del salvavidas que otros náufragos – antes que él-  dejaron en el mar y lo ignoraba. Para que ahora, al salir, agradecido, deje al menos un rastro de espuma, de boyas rojas, de salvavidas que lleven a otros  viajeros lejos del mar de los sargazos y del leviatán del engaño. Descubrir que todo es suyo, que se lo quitaron y lo consintió, le cambiaron oro por espejitos de colores. Todo lo que le han dicho es mentira, que no tiene nada en realidad, ni patria, ni tierra, ni petróleo, ni tortillas, ni... ¡ni madres!; Que todo es de otros iguales a él, que con miedos y leyes amañadas, fueros y cadenas de dioses inventados le despojaron y le aprisionaron, se quedaron con todo, que es un esclavo y aún trabaja hoy cada día para que ellos vivan, se rían, coman  y sean cada vez más ricos.

Que él sigue vivo, desnudo, pintado de payaso, que ya no puede vivir así, tiene que hacer algo. Así que debe tomar las armas; la espada de la palabra, el escudo de la razón, y el yelmo de la verdad. Que con su pluma, con tinta roja de sangre y negra de coraje revelarlo, gritarlo en las esquinas de las calles, desde las azoteas, día y noche, para despertar a todos, sin esperar  a que sean las piedras de las calles las que lo hagan, porque la tierra es abundante, alcanza para todos y todos tienen que saber.

 

 

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