Todos Tienen que saber
O quizás tal vez porque su barca navega en un tan pequeño mar de ideas,
que sus ocupaciones lo hacen ver inmenso, no tiene tiempo de pensar o de leer
un libro, enterarse y despertar de su letargo, salir de su tonta caverna
a encontrarse con otro mundo, tal vez luminoso, quizás no tanto, pero no
lo sabe, no ha probado, o acaso ¿no se lo permiten y no sabe que es así? Será
necesario otro impuesto u otra devaluación lo que lo tire de cabeza por la
borda de su barquita infantil hecha de papel periódico, televisión y fútbol;
Que se hunda, que el mar lo cubra mientras los sargazos se le enredan en
la cabeza y grite entre burbujas de miedo,
se orine y medio muera, para salir al fin iluminado, resucitado,
despierto, al asirse del salvavidas que otros náufragos – antes que él- dejaron en el mar y lo ignoraba. Para que
ahora, al salir, agradecido, deje al menos un rastro de espuma, de boyas rojas,
de salvavidas que lleven a otros viajeros lejos del mar de los sargazos y del leviatán
del engaño. Descubrir que todo es suyo, que se lo quitaron y lo consintió, le
cambiaron oro por espejitos de colores. Todo lo que le han dicho es mentira,
que no tiene nada en realidad, ni patria, ni tierra, ni petróleo, ni tortillas,
ni... ¡ni madres!; Que todo es de otros iguales a él, que con miedos y leyes
amañadas, fueros y cadenas de dioses inventados le despojaron y le aprisionaron,
se quedaron con todo, que es un esclavo y aún trabaja hoy cada día para que
ellos vivan, se rían, coman y sean cada vez más ricos.
Que él sigue vivo, desnudo, pintado de payaso, que ya no puede vivir
así, tiene que hacer algo. Así que debe tomar las armas; la espada de la
palabra, el escudo de la razón, y el yelmo de la verdad. Que con su pluma, con tinta
roja de sangre y negra de coraje revelarlo, gritarlo en las esquinas de las
calles, desde las azoteas, día y noche, para despertar a todos, sin esperar
a que sean las piedras de las calles las que lo hagan, porque la tierra
es abundante, alcanza para todos y todos tienen que saber.
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