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Salvemos al Circo

  En una carpa descolorida de un circo en vías de extinción, platican el domador y el payaso, el domador tiene una propuesta y toma la palabra. — Con esto de los grupos ecologistas que están dizque en favor del planeta, ya nos reventaron la economía Lolito, como tú ya sabes se llevaron todos nuestros animales salvajes, lo más triste es saber que nos lo quitaron y los dejaron morir los muy malditos. Pero tengo una idea y un plan para salvar el circo, solamente espero que no surja ahora algún grupo ecologista que proteja monstruos mayas… Me preguntarás que tiene esto que ver contigo y como será posible que un domador y un payaso salvemos el circo, pues creo que podemos lograrlo, este es el plan… Espero que no sea nada ilegal mi jefe —Contestó Lolito— quien junto con Bellatrix, su linda pareja y experta trapecista, eran la atracción principal del pequeño circo desde que les quitaron a los animales. Ambos hacían las delicias del público que asistía al circo; ella, con sus peligros...

El Perro en la azotea

Pulgas era un perro mestizo,  mediano,  que penaba solo en la azotea de mi vecina, justo frente a mi departamento. En el abandono en que vivía, su principal diversión era hacer escándalo con sus molestos ladridos —que tenían un cierto timbre a pito rajado—  y que me enervaban a la llegada  y salida al trabajo. Doña Carmita mi casera, al parecer no se inmutaba de lo molesto que era su perro.  Un día la doña tuvo que salir de viaje a Mazatlán y me pidió de favor, que en su ausencia le diera de comer al perro. Llegué esa tarde cansado del trabajo, abrí el zaguán, metí el coche y al cruzar por los dominios del can este se deshizo en ladridos, le grité que se callara pero le valió y ladró más fuerte. Me metí al departamento y cerré las cortinas, en un rato ya se había callado. Al día siguiente me levanté de mejor humor y recordé que tenía que alimentarlo, me puse ropa de carácter y salí a cumplir la promesa hecha a la doña; subí la escalera, y el perro —tal vez...

Justicia de barrio

Pepe se encontraba inerte tirado  boca abajo  a mitad de una calle de terracería, era una fría mañana invernal en un barrio popular del Estado de México. Los encargados de la tienda de la esquina abrían y le vieron. Era un deprimente espectáculo para estar frente a su negocio. ¡Juana!, gritó Don Victoriano a su hija con una mano en la hebilla de plata del cinto vaquero, mientras con la otra se echaba para atrás el ala de su sombrero texano. Miras ese borracho tirado ahí enfrente, pues agarras tu escoba y te me vas a levantarlo a escobazos, para que se vaya a dormir la mona a otro lado, aquí no lo quiero ¿Me oíste? Si pá pero, ¿y si me hace algo? respondió la joven... ¡nada! yo te miro desde aquí, échalo  ahora mismo. Está bien pá, dijo ella bajito y se dirigió con su escoba tipo “bruja de cuento” hacia el tipo que yacía en el suelo; tenía moscas que le sobrevolaban y posaban encima, un ojo en blanco entreabierto, los labios hinchados, las ropas revolcadas hechas garras, ...

Cobardía

 Era uno de esos mágicos momentos en el que se percató que ella, sin querer, tenía toda su atención; se sentía como flotando en el espacio, no sentía frío ni calor, ni había arriba ni abajo, estaba literalmente, abducido por su encanto, dentro de su campo de fuerza. Trató de ser racional y se preguntó ¿porqué me siento tan bien, caramba? ¡Mira que belleza! se cuestionaba desde otra persona en su interior que ajena solo observaba, y que desde su lado supuso también lo podía sentir, ese sentimiento primordial que pocas veces se alcanza; Se sentía bien por fuera y por dentro de este halo cautivador. Cualquier ademán, mirada o movimiento, le provocaba dulces y placenteras sensaciones que le hacían vibrar, era como una dimensión alterna, otro mundo, lleno de gracia, el mítico Shekinah que custodia el Arca de la Alianza.   En ese preciso momento su mente profunda o tal vez un programa implantado por una inteligencia extraterrestre en su alma o un antivirus antediluv...

El hijo de Dios

  Claudio llegó corriendo a la estación de trenes de Buenavista, le habían dado la Semana Santa libre en su nuevo trabajo —del que estaba muy orgulloso— Había llegado a la Ciudad de México procedente de su pueblo, Ameca Jalisco hacía dos años, con una mano adelante y otra atrás, pero con el sueño de progresar a toda costa. Las cosas le iban bastante bien ahora dado su “potencial humano” Era alto, güero, atlético y con un gesto intimidante cuando se lo proponía. Consiguió trabajo en la cámara de Diputados como “asesor” de un paisano de Comala que ya se había hecho rico, era conocedor de los tejes y manejes de la política, y que también en su momento, llegó sin nada y encontró un mecenas, que a cambio de su fidelidad incondicional —viera lo que viera se callaba— le contrató. Su potencial también estaba en su mano izquierda. Claudio le servía a su jefe cuidando sus espaldas y de chofer, era en un ambiente muy elitista así como peligroso, donde la riqueza estaba asegurada sin darle...

Amor de Momia

Llegaron al atrio de un Convento del siglo XVI, estaban en un pueblito pintoresco del Estado de México, cuando una nube negra que pasaba comenzó a derramar sus gruesas   gotas de llanto, como si lamentase de antemano lo que iba a ocurrir. Se congratularon de llegar justo a tiempo a resguardo, entraron al vetusto  edificio, donde al fondo de un pasillo les esperaba una mujer con cara blanca e inexpresiva, les pidió registrarse y un peso de cooperación para poder pasar; los tres amigos entraron a la sala, cuya principal atracción eran los cadáveres momificados  de parroquianos, encontrados en el panteón anexo y que debido a una extraña propiedad de las tierras del lugar los preservaba. El espectáculo era siniestro, había toda clase de cadáveres mondos y lirondos de pie en las vitrinas alrededor, y al centro se encontraba un ataúd con tapa de cristal, donde yacía una mujer vestida de monja que, en comparación con el resto de los cuerpos, que mostraban rictus siniestros en ...