Amor de Momia


Llegaron al atrio de un Convento del siglo XVI, estaban en un pueblito pintoresco del Estado de México, cuando una nube negra que pasaba comenzó a derramar sus gruesas  gotas de llanto, como si lamentase de antemano lo que iba a ocurrir. Se congratularon de llegar justo a tiempo a resguardo, entraron al vetusto edificio, donde al fondo de un pasillo les esperaba una mujer con cara blanca e inexpresiva, les pidió registrarse y un peso de cooperación para poder pasar; los tres amigos entraron a la sala, cuya principal atracción eran los cadáveres momificados de parroquianos, encontrados en el panteón anexo y que debido a una extraña propiedad de las tierras del lugar los preservaba.

El espectáculo era siniestro, había toda clase de cadáveres mondos y lirondos de pie en las vitrinas alrededor, y al centro se encontraba un ataúd con tapa de cristal, donde yacía una mujer vestida de monja que, en comparación con el resto de los cuerpos, que mostraban rictus siniestros en las caras como queriendo espantar, ella simplemente parecía estar dormida.

Antonio dio una vuelta y se detuvo frente al ataúd, sus compañeros Elisa y Carlos, se le acercaron para terminar la visita, pero él estaba como ausente.

    Ya vámonos Toño, creo que ya vimos suficiente…

   Si Toño ya vámonos –Remarcó Elisa–

  No lo van a creer.

   ¿Qué?

   Esta es la mujer que aparece en mis sueños.

   Jajaja, estás loco, es una momia, yo prefiero a las vivas como Elisa…

    Ya no sangroneen y vámonos.

  No me refiero a eso, aunque… Bueno, esta es la mujer que aparece en mis sueños y me llama… Es un sueño recurrente que tengo desde niño.

    Nos estás asustando Toño, ya vámonos, afuera nos platicas.

     Si, esperen un segundo…

Sacó su IPhone y le tomó varias fotos a la momia, inclinándose tomó otra de los datos de la difunta inscritos abajo en un letrero; Elena Rodríguez, 1761-1780.

Ya fuera, les abordó un chiquillo merolico, que por unas monedas prometía contarles las historias del lugar, Toño enseguida le pregunto si sabía algo de la mujer dentro del ataúd.

    Si, la joven se llamaba Elena Rodríguez, fue obligada por su padre a entrar al convento porque se enamoró perdidamente de un muchacho llamado Antonio de la Cerna, que llegó a estas tierras sin fortuna. El padre de Elena era un acaudalado comerciante español que se opuso a la relación terminantemente, se dice que la joven murió de amor unos meses después de su ingreso al convento, causando gran tristeza a su padre viudo, que vendió todo y abandonó el lugar.

     Ok muchacho, gracias, aquí tienes tu propina, nos tenemos que ir.

     Se llamaba como tu wey, te dejaron por pobre jajaja.

     Calla ya Carlos –intervino Elisa– no le des mas cuerda a este.

El muchachito merolico les alcanzó de nuevo al oír la plática y les dijo con su vocecita y sonsonete:

    Se dice que su alma está en pena y que se le ve en las noches vagar por el Convento en espera de Antonio, su amor perdido…

      Gracias sí, nos queda claro, ya nos vamos. –Intervino Carlos–

Pasearon por todo el pueblo, comieron dulces del lugar, pasearon en una calandria, y ya en la noche se retiraron a descansar en una posada barata que encontraron cerca. Sus compañeros de viaje notaron que Antonio, que solía ser el más animado del grupo, ahora estaba muy taciturno.

Ya avanzada la noche, Antonio daba vueltas en su cama sin poder dormir, hasta que finalmente un sopor extraño le venció y se durmió solo para soñar con la muchacha del ataúd, que le suplicaba regresara por ella, para que estuvieran juntos y no volver a separarse jamás.

Despertó con la frente perlada en sudor, se levantó y decidió en ese momento ir a merodear al Convento, por si pudiera encontrarse con el fantasma de la difunta Elena.

Pasaban ya las dos de la mañana, las calles empedradas del pueblo estaban desiertas; Antonio caminó hasta el convento acompañado solamente con el eco  de sus botas, pasó frente a la puerta un par de veces y finalmente decidió sentarse en una banca de hierro del hermoso y arbolado parque que miraba al frente del convento.

Sin saberlo, a la distancia sin ser vistos, le seguían la pareja de amigos que estaban inquietos por su actitud, su extraño relato y que alarmados le oyeron salir. Lo ubicaron en la banca del parque y aguardaron a la distancia:

     ¿Ya lo viste? está sentado en la banca

     ¿Qué hace?

     Nada, solo mira como abobado hacia la puerta, creo que a tu amiguito ya se le zafó un tornillo.

     ¿Qué hacemos?

     Esperar un poco, ¡Qué es eso!

Mientras parapetados detrás de un frondoso árbol miraban la escena, vieron como se formó una especie de vórtice luminoso frente a la puerta del convento, de ahí salió una figura difusa que poco a poco se fue aclarando, era una mujer vestida en hábito de monja. Los jóvenes quedaron perplejos.

     Ay nanita Carlos, que es eso, es el fantasma de la momia y el menso de Toño está ahí enfrente, vámonos.

     No, espera, vamos a ver que hace.

     Mejor vamos a pedir ayuda, Toño está en peligro.

    Shhh…

Toño al parecer se percató del fenómeno y se levantó como zombie de la banca, cruzando la calle, se acercó a la mujer; ella corrió hacia él y se arrojó en sus brazos, se abrazaron y así permanecieron un rato, algo murmuraban  que no se alcanzaba a escuchar. Carlos y Elisa se miraron asombrados y siguieron observando.   

Así muy pegaditos, la extraña pareja dio la vuelta y caminó despacio hacia la puerta del convento, se acercaron y el vórtice se empezó a formar de nuevo, ella se separó de él y sin soltarle de la mano, con el brazo extendido lo jalaba para que la siguiera, él titubeo un segundo, mientras Carlos, que reaccionó al ver que se llevaban a su amigo, llegó corriendo y le gritó:

       ¡Heeey wey, Adonde crees que vas!

Carlos sintió el fuerte viento que provenía del vórtice que succionaba a Toño, a quien agarró con fuerza de la ropa, de inmediato sacó el crucifijo de plata que siempre llevaba al cuello, este extrañamente resplandecía en ese momento, y empezó a rezar un Padre nuestro, dirigiendo el crucifijo hacia el vórtice. Se oyó un fuerte alarido y un estruendo, el vórtice se cerró. Toño que en ese instante era succionado, chocó contra la sólida puerta de madera golpeándose la cabeza y cayó al suelo inconsciente.

Elisa al ver la acción corrió hacia ellos y juntos se arrodillaron frente a Toño que yacía en el suelo, sacó su botella de agua y se la echó en la cara, Toño despertó mientras un enorme chichón le crecía en la frente.

     Que pasó wey, que susto nos diste, ¿Dónde crees que ibas sin nosotros?

     No, a ningún lado, ¿Qué pasó, cómo llegué hasta aquí?

–  Pues creo que eres sonámbulo o algo así, te querías cruzar la puerta cerrada wey, pero no te preocupes, nosotros te cuidábamos, vámonos ya.

Ayudaron a Toño a levantarse del piso, y en la obscuridad de la noche, en silencio, los tres amigos se alejaron del lugar.

Cuento por Yoxi

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