Justicia de barrio
Pepe se encontraba inerte tirado boca abajo a mitad de una calle de terracería, era una fría mañana invernal en un barrio popular del Estado de México. Los encargados de la tienda de la esquina abrían y le vieron. Era un deprimente espectáculo para estar frente a su negocio. ¡Juana!, gritó Don Victoriano a su hija con una mano en la hebilla de plata del cinto vaquero, mientras con la otra se echaba para atrás el ala de su sombrero texano. Miras ese borracho tirado ahí enfrente, pues agarras tu escoba y te me vas a levantarlo a escobazos, para que se vaya a dormir la mona a otro lado, aquí no lo quiero ¿Me oíste? Si pá pero, ¿y si me hace algo? respondió la joven... ¡nada! yo te miro desde aquí, échalo ahora mismo. Está bien pá, dijo ella bajito y se dirigió con su escoba tipo “bruja de cuento” hacia el tipo que yacía en el suelo; tenía moscas que le sobrevolaban y posaban encima, un ojo en blanco entreabierto, los labios hinchados, las ropas revolcadas hechas garras, salpicadas de su propio vómito, y tenía algunos rastros de sangre y raspones en la cara. Un brazo por fuera, otro por debajo, como agarrándose los genitales, las piernas semi flexionadas y las nalgas levantadas...
Lo comenzó a mover picándolo con el palo de la escoba en la cadera, balanceándole primero suavemente, luego con más fuerza y no despertaba ¡dale un escobazo en el culo, -gritó su padre que la miraba desde la tienda- si no yo voy y te lo doy a ti!, así que obedeciendo la orden, le dio varios escobazos en las nalgas, como si estuviera matando cucarachas en el suelo ¡órale sáquese de aquí menso!... el tipo no dio señales de vida, la muchacha se empezó a desesperar y se pasó del otro lado del cuerpo con miedo y repulsión, vio que permanecía inerte... ¡ay está bien feo, creo que está muerto pá! Y se quedó mirando asustada. Mientras, la gente que pasaba por ahí empezó a acercarse a curiosear ante la bizarra escena. Uno de ellos, el más temerario, se acercó, le tocó una mano, lo jaloneó del hombro y sintió que estaba helado. ¡No manchen, este güey ya se torció, háblenle a su carnal o a su jefa, para que vengan a recogerlo! Mientras Don Victoriano exasperado le gritó a Juana: ¡Véngase para acá babosa ya deje eso! De ahí en adelante, nadie más se atrevió a tocar el cuerpo, tal vez por respeto a la muerte o temor a contaminarse con quien sabe que gérmenes que el famoso Pepe pudiera portar en ese triste estado final. Una vecina trajo una sábana blanca y cubrió el cuerpo, una viejecita con velo y vestida de negro prendió una veladora y le rezó unas Avemarías, siendo secundada por otras vecinas que al concluir se santiguaron y se alejaron solemnemente.
La noticia del hallazgo atrajo mas gente curiosa a contemplar el espectáculo y se empezó a formar una multitud alrededor, que comentaban pavadas como: él se lo buscó, pobre cabrón así terminan los vagos, ¡mira eso, así le pasa a los niños que no obedecen a sus padres! -aprovechó una doña que pasaba rumbo a la escuela para aleccionar a su retoño- Seguro que fue el Patotas, comentó otro, yo los vi anoche dijo, estaban chupando, andaban bien cruzados y estaban alegando babosadas, yo vi al Patotas tumbar de un madrazo al Pepe -comentó otro- se quedo ahí tirado un rato, mientras el Patotas seguía chupando y alegando con los otros güeyes sin pelarlo como si nada. Al rato, el Pepe que se para y vino a pedir un trago a la bola, y el Patotas ¡mole! Que le sorraja un revés y va de nuez al suelo... Yo me fui de volada, estaba caliente el pedo y ya era muy noche. Ya no vi más, pero ¡seguro que el Patotas se lo chingó! Sí, dijo otro que escucho el relato acercándose, como dice que sabe karate, el güey es bien manchado y ya bien cruzado le vale madres y se pone a practicar sus golpes y patadas con los que encuentra. Y ahora, chale, ¡pues que le toca al Pepe!.
En eso estaban, cuando vieron al presunto Patotas venir caminando despreocupado a cierta distancia, se le veía como siempre desaliñado y con cara de crudo; este se percató que la gente amontonada le observaba y se detuvo a mirar con curiosidad. Entonces, varios al reconocerle lo señalaron; ¡ahí está el Patotas! alguien gritó ¡vamos por el! y corrieron en bola hacia él, que al verse perseguido se asustó, dio media vuelta doblando en la primera esquina para esconderse. ¡Que no se escape! se oyó otro grito, la gente estaba frenética y salieron muchos mas en su persecución, se les unían más vecinos que al oír el alboroto, salían de sus casas, señoras en bata, ancianos, jóvenes y adultos, que armados con lo que encontraron primero, corrieron dispuestos para atrapar al tipo y hacer justicia por propia mano, el Patotas era bien conocido en el barrio, tenía antecedentes de robos, asaltos, y agresiones infames a parroquianos indefensos, por lo que estaba en la mira de muchos inconformes, que temerosos de enfrentarse solos con él cara a cara, vieron aquí la oportunidad para vengarse.
El caso es que lo corretearon, al fin lo alcanzaron cortándole la huida y se inició el ataque entre todos a golpes; de una certera pedrada en la cabeza uno lo derribó, caído así y descalabrado, fue blanco fácil de un ataque a garrotazos, trompadas y patadas, hasta que quedó tendido en el suelo, ensangrentado y semi inconsciente. Entonces, apareció un paisano con una soga que lo amarró de una pata, entre varios lo arrastraron mientras pataleaba para soltarse, lo llevaron bajo un árbol grande y frondoso, donde un hábil hombre -al parecer albañil por los zapatos llenos de mezcla seca y el pantalón descosido- hizo un arnés en el extremo de la soga y con mucha habilidad la arrojó hacia una rama alta del árbol, un pirul. La soga libró la gruesa rama limpiamente y cayó del otro lado, lo cual aprovecharon para entre varios tirar de ella e izar así al presunto asesino por los aires. Así quedó colgando de una pierna a una buena altura -se parecía el colgado del tarot, cabeza abajo, cogido de un solo pie, con la otra pierna cruzada haciendo un cuatro y los brazos extendidos en cruz- La gente lanzó un alarido de triunfo y empezaron a mecerlo como “piñata” mientras le arrojaban toda clase de objetos contundentes que se encontraban en los baldíos; piedras, latas, tierra en los ojos, la boca y botellas vacías, a más de darle de garrotazos cuando le tenían de cerca.
En eso llegó corriendo “el chilero” un fulano malo y feo, portando un bidón de gasolina, era muy mal encarado y traía los ojos muy rojos como si acabara de fumar marihuana; Este tenía una vieja querella con el colgado, que le había quebrado los dientes con una piedra en una épica pelea callejera y por eso le traía muchas ganas. Pidió que se lo bajaran un poco para rociarlo con gasolina mientras mascullaba rabioso toda clase de maldiciones e improperios. Sacó un cerillo, lo encendió con parsimonia, miró la flama unos segundos, miró al colgado y con placer se lo arrojó; En un segundo cundió el fuego convirtiéndole en una tea humana, mientras era izado de nuevo por los aires de un tirón, que junto con el fuego, pareció reanimarle. El pobre infeliz reaccionó de su aparente desmayo por unos minutos solo para aullar como gato y retorcerse por los aires de dolor. Luego, dejó caer los brazos rendido a las llamas que ya le cubrían todo el cuerpo, la gente lanzó un alarido de satisfacción como si hubiera anotado un gol contra Argentina la selección mexicana de futbol. Se habían hecho justicia.
Mientras, frente a la tiendita, Don Victoriano no creía lo que veían sus ojos, bajo la sábana donde yacía el cadáver de Pepe, se empezaba a mover algo; Intrigado creyendo ver visiones llamó a sus dos hijas, ¡Miren, miren!... Se está moviendo el muerto -dijo Juana-. Unos segundos después vieron que Pepe levantó la sábana de un lado asomándose como ubicando el territorio, vio la veladora a su lado, se cimbró y se levantó asustado dando trompicones, la sábana se le enredaba en el cuerpo y las piernas como si tuviera vida propia, finalmente se la pudo arrancar y la arrojó lejos de él mascullando incoherencias. Miró a su alrededor para ver si alguien lo observaba y vio que en el interior de la tiendita, Don Victoriano y sus dos hijas, medio escondidos lo miraban azorados asomando las cabezas. ¡Ay cabrón! -dijo Don Victoriano- ¡métanse ya orales! ordenó a sus retoños, salió pasmosamente y se plantó en la puerta con su sombrero tejano echado pa´lante y los brazos en jarras mirando retador al resucitado protegiendo así su territorio. Pepe desvió la mirada, lo que menos quería era mas problemas, se frotó los ojos, se limpió la baba con la manga de la camisa y se alejó caminando como araña fumigada.
Al escuchar a la distancia el alboroto de la gente, se dirigió tímido hacia allá, llegó y se paró detrás de otros a contemplar la escena. Vio como tenían a un hombre colgado cubierto en llamas meciéndole en el aire mientras la gente aclamaba unánime. Después de un momento lo reconoció, Ay güey –dijo en voz baja- Es el Patotas que mala onda, en eso reconoció a un compa que estaba adelante de él y le tocó en el hombro para preguntarle qué pasaba, este volteo y al verlo casi se va de espaldas.
-¡Pinche Pepe, que pedo me sacaste güey!, ¿de donde saliste?; ¿no que te moriste?
- Nel güey, ni madres, yo no estoy muerto.
- No mames güey, que haces aquí, se supone que te mató el Patotas.
- Nel mi buen, vengo de allá, apenas desperté y alguien me tapó con una sábana y me puso una veladora para espantarme, pero se la pellizcaron jejeje... vine a ver qué desmadre traen.
-¿Qué onda?, ¡no mames! se chingaron al Patotas por tu culpa güey que no ves el desmadre pendejo.
- ¿Por qué por mi culpa?, yo no hice ni madres, es más, él fue el que me pegó.
- Pues ya bailó Berta güey, mira nomás el pedo que armaste, yo que tú me pelaba, si te ven me cái que a ti también te toca.
- Nel yo no armé ningún desmadre
- Vámonos a la chingada de aquí antes de que valga madre.
Alguien más en la turba lo ve, lo reconoce y empieza a señalarlo; ¡Ahí está el Pepe! ¡No que lo mató el Patotas! La gente queda confundida, ¿Cómo era posible que Pepe estuviera ahí tan vivo, tan feo y tan mugroso como siempre? En eso se oyó a la distancia el ulular de sirenas y la gente se empezó a dispersar, Pepe con su camarada hicieron lo propio.
La policía llegó finalmente, era una caravana de patrullas y pick-ups destartaladas pintadas de rojo y blanco, que venían con las torretas prendidas y las sirenas abiertas para anunciarse y asegurarse así que todos los malos ya se hubieran ido a su llegada y así fue. Se bajaron al más puro estilo “SWAT” con sus escudos de acrílico, empuñando sus toletes y empujando a mirones; quedaron pasmados al ver la dantesca escena del cuerpo en llamas balanceándose colgado del árbol, ¡apaguen eso! Gritó un oficial prieto y barrigón que portaba un uniforme azul claro descolorido y con la camisa a punto de reventar un botón, ¡un extinguidor! gritó nuevamente. En unos segundos bajó otro policía medio despistado con un extinguidor, roció al cuerpo y se apagó el cuerpo dejándolo todo blanco como empanizado. Otro policía haciendo alarde de iniciativa, sin más cortó la cuerda con un cuchillo. El cuerpo calcinado cayó de golpe al suelo decapitándose al aterrizar. La cabeza rodó unos metros hasta los pies del oficial barrigón, quien saltando hacia atrás gritó un ¡ay güey! que le salió del alma. Se alejó medroso de la cabeza dando unos pasos hacia atrás, retomó la compostura y siguió gritando órdenes, ¿Dónde están los del SEMEFO?, ¡que recojan esta mierda ya! ¡Y agarren a todos los sospechosos!
Los policías teatralmente rodearon el sitio y empezaron a empujar y a arrestar a todos los mirones que encontraron, incluyendo una viejecita que vendía cacahuates en la esquina de la escuela, quien fue subida a la camioneta panel de la policía a empellones, su canasta cayó y su mercancía se desparramo por el suelo, ante la total indiferencia de los guardianes del orden, que rabiosos pisotearon la mercancía y la canasta.
Tiempo después, Pepe con su camarada entran a una pulquería cercana a las faldas del cerro, lejos de la zona del delito.
- No tengo lana güey -le dice Pepe-
- No hay bronca, yo te invito, me tienes que contar todo lo que pasó desde el principio.
- A pues así si.
Ordenaron dos tornillos de pulque curado de Piñón, pal susto.
Cuento By Yoxi
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