Albóndigas yucatecas
Llegué justo a tiempo, era el convivio anual de amigos de la prepa y ese día le tocaba a Elsa darlo en su casa. Entre pláticas y sonrisas de los invitados, de una enorme fuente de porcelana china que hacía juego con el cucharón, se servía la comida. Esperé a que todos estuvieran servidos y empezamos a comer. Fue en ese momento que miré mi plato y de la nada me vino un profundo sentimiento de tristeza y frustración… No sé qué cara puse pero ella lo notó enseguida, intrigada se acercó y me preguntó:
– ¿Qué tal está mi guiso eh?
– Se ve muy bueno
Se puso en jarras y en broma me retó.
– ¡Pues qué esperas, cómelo!
– Claro… —dije muy quedo
Fingí mi
mejor sonrisa, metí la cuchara al plato y tomé una cucharada del caldo con
fideos, me quedé pasmado…
– ¿Qué guiso es? –le pregunté
– Albóndigas yucatecas
Dijo firmemente
con un cierto dejo de exasperación en su voz, que corrigió enseguida y entonces,
tranquila explicó:
– No las veas así, mira que están muy bien preparadas,
llevan carne molida de puerco, arroz, huevo duro, caldo con condimento y fideos
sancochados; es una antigua receta familiar están muy ricas, anda come ya sin
miedo.
– Sí, claro. -Balbuceé
Mientras
ella me miraba extrañada, devolví al plato la cucharada de caldo con los fideos,
partí titubeante una albóndiga en cuatro partes, vi los granos de arroz en el
interior y un poco de huevo duro, tal como ella había predicho. Probé un bocado
y al masticarlo me vino un raro sentimiento de honda tristeza, que me hizo un
nudo en la garganta; Me dieron tantas ganas
de llorar que tuve que hacer un esfuerzo supremo para no romper en llanto como
un crío ahí mismo delante de todos. Me miró ahora decepcionada y dio media
vuelta, fingió que no pasó nada y se puso a charlar por ahí, mientras en mí
crecía una profunda confusión.
Con
trabajo seguí comiendo, pero con cada bocado la tristeza iba en aumento y se
clavaba cada vez más hondo en mi corazón, hasta que me empezaron a brotar las
lágrimas.
Sin
poderlo soportar más, me quité la
servilleta que llevaba de babero —suelo siempre salpicar mis camisas con el
caldo— empujé el plato arrastrando sin querer el mantel, sonó la loza al chocar
con los cubiertos y el vaso, todos voltearon a verme. Me disculpé y me levanté arrastrando
la silla, que se quejó amargamente con las patas en el suelo, fui al baño, di
sin querer un portazo al cerrar y me vi en el espejo, sollozaba. Tenía un
semblante terrible; los ojos enrojecidos, ojeras azules de cadáver recién
fallecido, y sin saber porqué, me desahogué llorando en silencio ahí dentro…
Esperé
a calmarme un poco, pero no se me pasaba, me lavé la cara, salí y me disculpé, les
dije que no me sentía bien y me tenía que retirar. Todos asombrados en silencio
me veían como un bicho raro. Levanté los hombros, traté de sonreír, pero no
pude -—-probablemente me salió una grotesca mueca por sonrisa, que alarmó aun
más a los comensales— bajé la cabeza avergonzado y me dirigí a la puerta. Voltee
por última vez antes de salir, ella me miraba
con un mohín de disgusto que no podía disimular.
Llegué
a casa y me sentía fatal, estaba decepcionado conmigo mismo, ¡Como pude hacer eso
en casa de mi amiga delante de todos! El guiso no estaba mal, entonces ¿Qué me
sucedía? ¿Y si tuviera un problema sicológico y me estuviera volviendo loco? ¿O
si fuera bipolar o esquizofrénico? ¿O tal vez estuviera pasando sin saberlo por
una depresión profunda que pudiera desembocar en un suicidio? ¡Nada, Era simplemente
un perfecto imbécil!
Traté
de sacarme las especulaciones fatalistas de la cabeza, me recosté en la hamaca,
respiré hondo para calmarme y tratando de no pensar más en el asunto, me quedé
dormido.
Soñé
que era niño y me encontraba a la mesa con mis cuatro hermanos, era la hora de
la comida y todos gritábamos en perfecto caos, como solíamos hacerlo
diariamente tentando la paciencia de mamá; Ella servía la comida tratando de no
perder la calma. Vi claramente mi plato servido y ¡ahí estaban las albóndigas!
caldosas con los fideos gruesos y medio sancochados, que tanto me intrigaban
¿porqué no estaban parejos? Así que sumido en mis cavilaciones, en vez de comer
jugaba con la cuchara en el plato y miraba aburrido a mis hermanos por turno
que a su vez me hacían morisquetas.
En eso
mi madre se acercó por detrás y al ver mi abulia, me pegó un gritó acompañado
de un wascop con la cuchara de la sopa; ¡Paco que con la comida no se juega! Brinqué
del susto y me salpiqué de caldo la camisa. Yo era el mayor y mis hermanos al
verme sorprendido, se rieron de mí a gritos y carcajadas; había quedado como un tonto delante de ellos. ¡A
comer! Repitió amenazadora mi madre blandiendo el cucharón en el aire; Y así, ofendido y humillado,
para evitar que me dieran otro violento exhorto, me embutí las albóndigas con los
fideos, que para entonces ya estaban heladas y grasosas, mientras tramaba en mi
mente como vengar esta afrenta de mis
burlescos hermanos, me la tenían que pagar pero sería cuando mamá ya no nos
viera. En un par de horas el incidente quedó olvidado, pero algo quedó grabado dentro
de mí con todos los sentimientos negativos.
Cuando
desperté por fin lo entendí, fue el sabor de la comida el disparador que me hizo ponerme tan mal, ¿Cómo explicarlo ahora? De todas maneras nadie me lo va a creer.
Cuento by Yoxi
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