Era uno de esos mágicos momentos en el que se percató que
ella, sin querer, tenía toda su atención; se sentía como flotando en el
espacio, no sentía frío ni calor, ni había arriba ni abajo, estaba
literalmente, abducido por su encanto, dentro de su campo de fuerza. Trató de
ser racional y se preguntó ¿porqué me siento tan bien, caramba? ¡Mira que
belleza! se cuestionaba desde otra persona en su interior que ajena solo
observaba, y que desde su lado supuso también lo podía sentir, ese sentimiento
primordial que pocas veces se alcanza; Se sentía bien por fuera y por dentro de este halo cautivador. Cualquier
ademán, mirada o movimiento, le provocaba dulces y placenteras sensaciones que
le hacían vibrar, era como una dimensión
alterna, otro mundo, lleno de gracia, el mítico Shekinah que custodia el Arca
de la Alianza.
En ese preciso momento su mente profunda o tal vez un
programa implantado por una inteligencia extraterrestre en su alma o un antivirus antediluviano le
puso en alerta; ¡Peligro! ¡Peligro! aparecieron en su mente, grandes letras negras dentro de un triangulo amarillo, acompañado de un sonido parecido al de la pavorosa alarma contra sismos. ¡Wah, wah, wah, wah!. Con toda la intención de provocarle miedo. Esto le paralizó y le hizo
entrar en una leve paranoia ¡Qué rayos! -Se cuestionó de inmediato- al dispararse esta su barrera
automática de seguridad, todos sus sentimientos
cambiaron, se enfriaron como con un baño de agua fría y volvió a la otra
realidad, la aburrida y cotidiana. Un momento de adrenalina, de tensión, de
atacar o huir. Un miedo irracional lo hacía presa de una inquietud incontrolable, pero, ¿miedo a que? Se cuestionaba ahora desde su otro yo que lo
miraba y permanecía callado... ¿sabría algo y se lo ocultaba? ¿Quién era este
observador? Estaba con la vista perdida mirándola a ella al infinito ¿O acaso ella lo era? ¿Cómo un hoyo negro? ¿Una galaxia lejana, una estrella o un quark? Podía ver la nada y todo perdido en el
interior de sus pupilas, y la gloria en esa increíble sonrisa que le regalaba,
pero él sin pensar se fugó y no estuvo ahí por unas milésimas de segundo. Viajó
a un mundo tenebroso donde había obscuridad, frío, humedad y un niño maltratado
llorando ahí dentro y no entendía por
qué. La expresión de ella fue cambiando con extrañeza, ¿estás aquí? preguntó;
Si, perdón es que me perdí por un instante, si, me di cuenta, por tus ojos vi pasar
una extraña película en ese instante, pero no importa ¿sigo hablando? Perdón,
dijo él. ¿Qué me decías? Ella continuó la charla pero el ya no estaba allí, estaba entre dos mundos y no sabía
hacia cual dirigirse ahora, de repente, fue una palabra, o un ademán o su timbre de voz el
que le hizo recordar, fue como un rayo que le atravesó el corazón, como un
relámpago que le dejó ciego por otro instante pero le confirmó sus sospechas. Ella era “ELLA” aquella y siempre la misma, la única
mujer sobre el mundo y todas las mujeres, la Eva primigenia, Lilith, que estaba ahí y
por todas partes, si, fue su voz lo que la delató; Ella era todo, ese ser cósmico que mata y da vida, que crea y destruye y que al final si lo permites
te atrapa, te exalta al infinito o te hunde en el lodo sin siquiera darse cuenta de ello.
Se sintió culpable, un ingenuo rapazuelo que no se había
percatado que en este juego apostaba lo más preciado, la vida. Era un
juego a muerte, escuchó las risas de fondo.
Risas distorsionadas, burlescas, era un duelo... Ó tú o yo. No había otra alternativa o tal vez si, pero no lo entendería nunca, aunque eso a nadie le importaba. mientras, la alarma seguía su advertencia ¡peligro! ¡peligro! parpadeando en su interior. El había pensado en lo fácil que
sería robarle un beso, un minuto, una noche, sería como quitarle un caramelo a un niño.
Pero ahí seguía ella, con su cara de
muñeca y su cuerpo escultural, el revelador escote del vestido de noche, su
peinado, sus labios, sus joyas.
Ella dio un pequeño sorbo a la copa de champaña y se inclinó
hacia él para verle a los ojos, pensó que tal vez le aburría con su plática. En
eso la banda empezó a tocar... ven vamos, le dijo, vamos a bailar. Y entre
brincos, contorsiones, estrobos y luces de colores que parpadeaban al ritmo de la música, todo se
convertía en una secuencia fantasmagórica, ella se veía en un segundo en una
postura, otro flash y ya era otra mujer diferente y continuaba así de forma interminable. Viéndola ahora inmersa en ese mundo de colores, de luces y
música, tuvo un presentimiento y se
convenció de que la quería para sí, pero que un paso en falso y la llegaría a
amar. Tomó entonces su pobre decisión y como en el verso de Nervo, cerrando los
ojos, la dejó pasar.
Cuento bu Yoxi
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