El Faro

 

EL FARO

Ella estaba demasiado ocupada como para escucharlo...

Así había sido la mayor parte del tiempo al menos hasta donde él recordaba, que no era mucho dada su corta edad, aunque ya había cumplido trece años.

Pedro se quedó con la palabra en la boca, incrédulo se alzó de hombros por un instante al ver a su madre alejarse en dirección opuesta, por lo que decidió dar media vuelta y salir de ahí sin más, titubearon sus pasos un segundo ante la puerta, pero finalmente salió. Se sintió libre y sus sentidos le revelaban que algo grande le esperaba, estuvo finalmente decidido a alejarse rápidamente de ahí, y más de lo permitido… ¿Pero hacia dónde? Se dejó llevar por su intuición, pronto lo descubriría.

Algo le vino en mente, corrió decididamente hacia su bicicleta que yacía tirada sobre el pasto del jardín, la levantó y mientras empezaba a correr dio un salto sobre la marcha para montarla y pedaleó con todas sus fuerzas para alejarse lo más rápido posible de la casa, enfilando hacia el camino principal que cruzaba la Isla de punta a punta y que llevaba a San Gervasio al otro extremo de la misma. Pasó por el pueblo antiguo del que quedaban las ruinas olvidadas de dos civilizaciones, una la maya y la otra del conquistador español, que parecían fundirse ahora en un mismo tiempo y espacio. El derruido sitio era ahora hogar de iguanas y de toda clase de bichos e insectos selváticos que según las leyendas locales compartían piso con los Aluxes, -una clase de seres antiguos, guardianes de la naturaleza y de sus secretos- así como con fantasmas de piratas malvados que otrora escondieran celosamente sus tesoros en la isla para recogerlos en tiempos mejores, aunque muchos no tuvieron la suerte y la vida para lograrlo y disfrutarlos, quedando perdidos en calidad de Leyendas más o menos difusas transmitidas de boca a boca a través de muchas generaciones de isleños.

Entró al camino empedrado como un rayo, sintiendo la brisa vespertina que viene del mar llenarle el cuerpo, hinchiéndolo de felicidad, cual ave marina que se deja llevar flotando con el viento en total libertad, mientras las aves se escuchaban a los lejos con sus aleteos y graznidos festivos, dando gracias al Creador por el fin del día y la llegada de la noche.

Estaba decidido a llegar al Faro lo más pronto posible para observar el espectáculo del atardecer, que gratuitamente era representado ahí todos los días, y que en la punta del Faro sabía tendría como en primera fila, la mejor vista para disfrutarlo, aunque había sido advertido varias veces por su madre de no alejarse tanto solo y mucho menos acercarse a ese sitio por los rumores de extraños avistamientos de seres, que contaban los pobladores del lugar.

Llegó al sitio del viejo Faro, desmontó rápidamente, dejó caer la bicicleta y se dirigió a la desvencijada puerta, que permanecía entre abierta por la hinchazón de la madera expuesta a la humedad y a la salinidad del mar, que la había dejado así trabada en esa posición hacía ya mucho tiempo. Se escurrió de inmediato al interior y subió las destartaladas escaleras como un rayo desafiando la gravedad, mientras la voz de su madre resonaba en su interior, reprochándole su desobediencia y temeridad.

Lo hacía en un acto deliberado de secreta rebeldía de la que podía darse el lujo bajo tales circunstancias. Llegó hasta la cúpula sin cristales y se escurrió al balcón para dar de cara al espectáculo del cielo, sol y mar del atardecer en la Isla y quedó complacido ante la visión. Entró en una especie de éxtasis en donde el tiempo se detuvo, dándole un atisbo de eternidad, olvidándolo todo.

La luz, el mar y las nubes representaron esa tarde su mejor función solo para él, desplegando la más maravillosa gama de matices y colores, desde el rojo encendido al naranja, pasando por el amarillo al púrpura y finalmente los lavandas y marrones, dando paso a una noche de luna creciente que tímidamente se asomó por el horizonte, tal vez para no ser vista después de tan portentoso espectáculo.

Pedro permaneció el rato obnubilado ante tal visión acompañada con el sonido del mar y las aves a lo lejos, disfrutando de la agradable sensación de humedad en la piel y la brisa refrescante que hacía más placentera la experiencia. De pronto volvió en si, tal vez por los graznidos de algunas aves que partiendo en busca de resguardo, al pasar, volaron tan cerca de su cabeza que lo regresaron de golpe a la realidad, lo que parecía ser otra vez este mundo, su mundo. Lamentando un poco que la experiencia hubiera terminado tan pronto.

Se dispuso a partir, cuando sintió la extraña sensación de que no estaba solo, de que alguien o algo lo miraba desde las sombras del Faro, trató de no dar rienda suelta a su imaginación desechando el pensamiento inicial, cuando un murmullo y el sonido de algo que se arrastraba directamente detrás de él terminó definitivamente por alarmarlo. Trató de retomar la compostura mientras su cerebro reptiliano le seguía enviando señales de alarma, para finalmente ponerle los pelos de punta. Se lo pensó varias veces antes de volverse hacia la obscuridad del interior del faro. Conscientemente se puso a evaluar la situación y venciendo sus temores iniciales, comenzó a volverse lentamente sin poder distinguir nada en la semi penumbra en que se encontraba el lugar, y para su asombro, volvió a escuchar el ruido como de algo que reptaba, desplazándose rápidamente a la derecha casi rozando con sus pies. Para completar su inquietud le pareció escuchar un murmullo como de risas apagadas que rememoraban las canciones infantiles de animalitos buenos cantando en coro en la serie de los mopets.

Hurgó en sus ropas para constatar que en el fondo de su bolso derecho, entre otras chucherías que le gustaba llevar consigo como si fueran tesoros de los que no podía prescindir, una caja de cerillas, la cual tomó entre sus dedos temblorosos sacándola, y empujando el inserto con su dedo, alcanzando con sus uñas una de ellas, la cual frotó frenéticamente en la orilla de la caja sin éxito, decapitándola en el intento para su frustración. Rápidamente cogió otra cerilla y con cuidado de no quebrarla, puso la yema de su dedo directamente en la cabeza, la frotó, la cerilla chisporroteó comenzando una pequeña llama que le quemó el dedo y al sentir el ardor en su piel instintivamente la arrojó lejos con una exclamación de dolor precedida de un improperio, que tornó por un instante su miedo en un conato de ira. Rápidamente repitió la operación de forma más cuidadosa y antes de que la cerilla alumbrara la penumbra, alcanzó a escuchar nuevamente las risitas apagadas.

Conforme la pálida luz iluminó parcialmente el recinto, le pareció ver sombras que se escurrieron a ambos lados de donde se encontraba. Se repitió a si mismo que no había nada que temer y pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, trató de ignorar la evidencia y con la tenue luz trató de vislumbrar y memorizar el camino de salida antes de que se consumiera la cerilla, dirigiéndose al punto hacia la escalera que le conduciría abajo y afuera del Faro, que a estas alturas ya no le estaba haciendo tanta gracia. Avanzó hacia la escalera, se tomó del pasamano y con cuidado felino comenzó el descenso de la escalera de caracol, no sin antes sentir que un pequeño pedrusco le golpeaba en la espalda con un leve sonido enmarcado de otra andanada de risitas que casi le paralizan el corazón.

Al llegar al final de la escalera la cerilla ya se había extinguido pero fue sustituida con eficiencia ahora por otra más que le auxilió en su trecho final al exterior.

Afuera la oscuridad no era total lo que le permitió localizar su bicicleta y se dirigió rápidamente hacia ella. Al tener los cuernos del manubrio entre sus manos y caminar al lado de ella para enfilarse de regreso, se sintió ridículo por haberse permitido asustarse sin causa aparente, fue entonces cuando se detuvo para razonar un poco y reconsiderar la situación, esbozó una sonrisa de alivio, se alejó un poco más y se tornó para despedirse del lugar. Había una tenue y extraña luz que le permitía ver, sin embargo la lógica no le permitía identificar el origen de la extraña luminosidad, como si esta viniera de todos lados y de ninguna parte. Sus ojos que ya se habían acostumbrado a la penumbra vislumbraron unas pequeñas siluetas humanoides en las inmediaciones de la puerta que acababa de cruzar como por su vida. Su temor se transformó en curiosidad y aunque decidió continuar su camino, aguzó sus ojos para distinguir mejor y poder darle una explicación a las aparentes figuras. Fue entonces cuando intempestivamente, de ninguna parte, salió una especie de hombrecillo pequeño que le cortó el paso por el frente con un ¡Buuuh! seguido de una aguda risita burlona que se hizo eco con otras provenientes del sitio donde estaban las inquietantes siluetas. Pedro reculó asustado y dio un grito ahogado, cerró los ojos y cayó de hinojos al piso terroso con la bicicleta aferrada entre sus manos. Se hizo un silencio eterno, finalmente abrió los ojos y la figurilla frente a él le veía, hizo unos ademanes con los brazos arqueados extendidos como sosteniendo una gran pelota invisible, acompañados de las flexiones arriba y abajo de sus piernas, con la aparente intención de volverle a asustar, los otros seres a lo lejos se conformaban con reírse de cada uno de los ademanes que el aparente líder gesticulaba delante de Pedro, quien volvió a cerrar los ojos esperando que esto no estuviera pasando y terminara ya, otro silencio y Pedro decidió abrir nuevamente los ojos y la misma actitud y los mismos movimientos del enanito se repetían ahora sin el menor efecto de asustarle. A Pedro le pareció que no le haría daño el ser, pero que con su actitud era evidente que deseaban que se alejara del lugar por alguna razón que él desconocía, ¡Buuuh! gritaba el hombrecillo, Pedro cerraba los ojos, y esta rutina se repitió media docena de veces y sacando entonces fuerzas de no supo donde, Pedro abrió definitivamente los ojos e increpó al hombrecillo ¿quién eres? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? ¿Qué quieren? el hombrecillo habló en un dialecto ininteligible para Pedro a lo que este increpó ¿qué dices? Y contestándole en un español con marcado acento maya le dijo: Si tu joven no tienes miedo, Jefe Alux puede hablar. Pedro sopesó las palabras, en realidad no tenía miedo ya, por lo que asintió con un leve movimiento de cabeza, su interlocutor continuó: La gente Alux vive en la naturaleza, la gente tuya no nos conoce, los Aluxes somos gente buena. ¿Aluxes increpó Pedro?, lo siento no quise molestarles, solo vine a ver el atardecer y me asustaron, no deberían asustar a la gente, no es bueno. El Alux se rascó el cabeza intrigado...

Su aspecto era muy delgado, su ropa era una túnica que le cubría el torso, de un material que parecía una clase de sisal más bien fino aunque no muy limpio, calzaba unos huaraches gastados de confección sencilla y sus partes las cubría con un taparrabo que le llegaba a las rodillas con una pita de henequén a la cintura, unas especies de pulseras de cuero en las muñecas con unos extraños símbolos geométricos de colores grabados en ellas y una vincha de piel con símbolos similares también grabados en ella, que le sujetaba a la frente el pelo negro, lacio, sucio, desordenado que le llegaba casi a los hombros. Su cara lucía una barba de chivo muy rala y su tono de piel tostado por el sol acentuaba sus rasgos y su edad. Tenía la cara afilada con una nariz aguileña y los ojos negros brillantes, medio bizcos, rasgados. Remataba su imagen la boca de labios protuberantes. Al final no se veía tan amenazante, sino más bien gracioso.

El temor inicial se convirtió en una especie de curiosidad e incredulidad de lo que le estaba sucediendo, debo estar soñando se dijo en su interior.

Ha luktu selha, lamek inek, dijo el Alux como preguntando, a lo que se oyó desde el fondo como una respuesta en coro, “Ihinek ha”, pasaron unos momentos y finalmente le habló de nuevo: Ya que has mostrado valentía, nosotros tenemos algo que decirte, es un mensaje del espíritu de la Gran Madre que nos dio origen a todos y que nos hace hermanos ya que todos venimos de ella.

Nosotros somos felices como somos, el hombre no ha aprendido esto y destruye en su ignorancia la armonía, viviendo en la superficie de su mente donde los remolinos y las tormentas habitan despertando sus pasiones, por lo que es profundamente infeliz y no lo sabe. Nuestra misión es encontrar niños y jóvenes como tú, sin miedo, que se atrevan a escucharnos para aprender lo que tenemos que decir y que para los adultos es inaceptable por la dureza de su corazón.

Nuestro pueblo se está extinguiendo, nuestra misión no puede quedar inconclusa y para recompensar a quienes nos escuchan y se aplican, tenemos fabulosos secretos materiales y espirituales que otorgamos como regalo a cambio de nada. Secretos para que aprendan a abstraerse de la consciencia destructiva de su raza y vivir felices, sin carencias por el resto de sus vidas, practicando y enseñando a otros esta realidad que existe en su interior. Si escuchan y demuestran valentía para trabajar, identificar y romper sus propias contradicciones y abrazar la verdad de la vida, su recompensa será la vida eterna y abundante en todos sentidos aquí y ahora y en lo que viene después de lo cual a su tiempo entenderás.

Sabemos quién eres, esperábamos este encuentro, sabemos que dentro de tu corazón existe también el deseo de ser feliz, esto es lo único necesario en la vida. También deseas ser amado y escuchado, lo cual para nosotros es suficiente condición para la transmisión de las artes que guardamos celosamente y que si no compartimos ahora, están prontas a morir con la extinción de nuestro pueblo, porque vemos y sabemos que los hombres, si continúan en su ignorancia, terminarán por contaminar y exterminar la Gran Madre Tierra y nosotros nos veremos obligados a abandonar este mundo a otra parte de la vida que ustedes no conocen y no pueden ver ahora.

Nosotros trabajamos con la Gran Madre, nos ha dado todo y por eso le creemos y la amamos. Si tú quieres aprender, ahora te podemos mostrar un poco para que comiences a entender, para ti será como una vida y también como un abrir y cerrar de ojos. Regresarás luego con los tuyos y solo tú sabrás lo que pasó y entenderás poco a poco el secreto de la Gran Madre que todo lo sabe y que dio origen a todo lo que ves y lo que no ves.

Pedro se sintió un poco confundido ante tan extraña declaración, aunque dentro en su corazón se le revelaba cierto lo que aquel ser le decía, sin embargo no podía comprender como sería posible tal cosa y que iba a suceder enseguida.

El miedo inicial se había desvanecido y le dijo, mi nombre es Pedro, ¿cuál es tu nombre? a lo que el ser contestó sin titubear; Anuk de los Aluxes, tu eres mi otro yo y yo soy tu, haciendo una pequeña reverencia, se escuchó desde el fondo del lugar como una exclamación de júbilo al revelar su nombre...

Pedro estaba ahora más relajado y asintió con una reverencia china que vio en una película de Jackie Chan y que improvisó en ese momento, Lo que arrancó una amplia sonrisa en Anuk, que mostró su dentadura dispareja con un hueco donde le faltaba un diente.

Ven, sígueme, le dijo Anuk, a lo que este le contesto, bueno, gracias Señor Anuk pero ya tengo que irme... es tarde y... Anuk le contestó, no te preocupes no tomará mucho tiempo, los Aluxes conocemos el secreto del tiempo.

Acto seguido trazó con sus manos en el aire lo que pareció un símbolo mágico. Pedro sintió una especie de paz en su interior y observó como todo se transformaba ante sus ojos, aunque aparentemente todo seguía igual. La naturaleza a su alrededor pareció brillar con luz propia, que le permitía ver todo con un extraño resplandor que venía de su interior. ¡Oh! Exclamó, ¿qué ha pasado? Anuk le contestó, no temas, es solo que el tiempo se ha detenido, entramos a la quinta dimensión más cerca de la Luz, y regresarás a casa con tu madre justo a tiempo. Ven, tengo algo que mostrarte...

Caminó Anuk hacia la selva haciendo a Pedro con la mano el ademán de que le siguiera, le siguió y se adentraron en la selva donde todo parecía iluminado y tenía la sensación que todo tenía vida a su alrededor como nunca lo había percibido antes, todo su temor desapareció al punto. Avanzaron un poco más y al salir de unos arbustos retorcidos pareció que el día se hizo, y ante sus ojos apareció un paisaje tropical soleado con un cielo azul hermoso, caminaron un trecho en este “nuevo mundo” y el mar apareció a la distancia con sus tonalidades turquesas propias del Caribe. Sus ojos se abrieron como platos ante la visión. Anuk le señaló con un dedo a la distancia y al mirar hacia el sitio señalado vio un gran barco, un galeón antiguo con una bandera negra, fondeado a unas decenas de metros de la tranquila playa y observó que un lanchón se dirigía hacia la playa, llevando a bordo hombres sucios, escandalosos y barbudos extrañamente vestidos.

Sin saber cómo llegaron hasta ahí, de repente se encontraron escondidos frente a un claro desde el cual podían ver que había otro grupo de hombres, a los que por sus vestimentas y por sus sonoras risotadas de inmediato identificó como piratas... ¡Son piratas! exclamó Pedro, Anuk le indicó guardar silencio colocando su torcido índice sobre la boca que esbozaba una leve sonrisa de complicidad y le dijo en un susurro: mira lo que están haciendo.

El grupo que constaba de una media docena de piratas, trabajaba animosamente con picos y palas cavando en el suelo arenoso lo que parecía un foso. El grupo de marineros que vio navegar en el lanchón desde el galeón, había ya desembarcado en la playa y se dirigió al grupo que trabajaba en la excavación. Se sintió intrigado y continuó en silencio observando la escena desde su escondite...

El grupo que venía de la playa era dirigido por un líder vestido extraña aunque más limpiamente que el resto del grupo; gritaba, daba órdenes a los marineros que cargaban entre varios a hombros una parihuela improvisada con troncos y cuerdas, de la cual pendía un cofre de madera oscura con brillantes protecciones metálicas y un gran candado. Pedro pensó ¡Ese debe ser el cofre del tesoro del pirata! La cara del dirigente que imaginó ser el Capitán, mostraba un gesto severo y sus fríos ojos azules destellaban una dureza metálica; debe ser muy malo, pensó y se revolvió en su escondite. Anuk le miró con calma y le indicó nuevamente con el dedo en los labios que guardara silencio, Pedro se recompuso un poco y siguió observando.

El Capitán farfulló a sus hombres órdenes en inglés y éstos con una actitud de respeto y reverencia, trajeron el cofre y lo depositaron junto a la excavación que para entonces estaba terminada, procedieron a desatarlo de la parihuela y lo hicieron descender con cuerdas al fondo, procedieron a cubrirlo con piedras y arena que varios hombres arrojaban con sus palas al interior en forma apresurada. El Capitán con una especie de pergamino en una mano y una pluma de ave en la otra, observó el cielo y la selva a todo su alrededor como orientándose, garrapateó algo en el pergamino, dio otra orden y de atrás de un matorral los hombres rodaron con trabajo una enorme roca redondeada por el mar, que parecía tener algo recién grabado en una cara, la roca fue finalmente colocada sobre el sitio donde ahora yacía enterrado el misterioso cofre.

Se estaban preparando para abandonar el lugar recogiendo su herramienta, cuando de pronto de una alta palmera, un coco se desplomó muy cerca de donde Pedro y Anuk se encontraban escondidos, lo cual sobresalto a Pedro que dejo escapar un ahogado grito, el cual al ser escuchado, puso a todo el grupo de inmediato en alerta. El Capitán gritó una orden y al momento los hombres desenvainaron sus espadas y miraron hacia el sitio de dónde provino el grito, se dividieron en grupos y empezaron a rodearles, el Capitán se dirigió directamente hacia el sitio donde Anuk y Pedro se encontraban ocultos. Pedro quedó aterrado al sentirse descubierto, sintió ganas de correr, miró hacia Anuk y este le veía con una mirada divertida y el dedo índice en los labios...

Pedro se acurrucó para esconderse debajo de los arbustos, el grupo de piratas se acercaban por varios flancos a su escondite. Permaneció en silencio con los ojos cerrados, oyó voces en las cercanías y de repente sintió una imponente presencia, abrió un ojo con cuidado solo para descubrir que el mismísimo Capitán estaba parado frente a él, miro sus botas, y lentamente fue subiendo la mirada para encontrarse finalmente con el rostro del corsario quien le obsequió una gélida mirada que le traspasó el corazón. Anuk salió de improviso de su escondite y corrió al frente del corsario para llamar su atención y procedió trazar con sus manos y dedos con unos giros en el aire unos extraños símbolos, con una velocidad que le pareció imposible a Pedro, el Corsario permaneció inmóvil ante la inesperada intervención de la criatura. El día pareció oscurecerse, una fuerte brisa empezó a soplar agitando las ramas de las palmeras y el Corsario que permanecía inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido, comenzó a desvanecerse en el aire, haciéndose transparente hasta que finalmente desapareció ante los azorados ojos de Pedro.

Pedro estaba pasmado, la noche estaba en pleno nuevamente y se escuchaban los sonidos de chicharras y otros insectos a su alrededor. Se escucharon risitas esparcidas a su alrededor provenientes de todos los rincones de la selva, Anuk extendió su mano y una especie de bola de luz se formó sobre su palma, se acercó ofreciéndosela a Pedro quien la tomó entre sus manos y al recibirla sintió como un cosquilleo, como una sutil descarga eléctrica, pareció entender cosas desconocidas y se tranquilizó, una agradable energía le llenó de una paz indescriptible que le hizo caer en un dulce sopor, se sentó bajo un árbol, bostezó, cerró los ojos y con esta agradable sensación se fue quedando dormido hasta perder la noción de sí.

El despertador sonó con su desquiciante campanilla en el buró a un lado de su cama, la luz del día entraba por la ventana. Pedro estiró la mano para callarlo de un golpe y enseguida se abrió la puerta, era su madre que le arengó, ¡Vamos Pedro, levántate ya, que vas a llegar tarde al colegio! el desayuno está servido, me tengo que ir y por favor no dejes botada tu bicicleta en el camino que casi me mato al tropezar con ella anoche en la obscuridad.

Pedro no recordaba cómo llegó hasta su casa pero se sintió aliviado de que todo hubiera vuelto a la normalidad, después de los extraños  eventos de la noche anterior y que parecían haber sido solo un sueño. De repente le pareció escuchar a lo lejos unas risitas menudas, Pedro sintió un escalofrío, para luego dominando sus temores sonreír confiado para sí mismo, ¡Si sucedió! -se dijo-. Entendió entonces que sabía sin saber, cómo que había llegado algo nuevo en su vida y que él ya era un hombre de conocimiento, y no había nada que temer. Se prometió no revelar a su madre el secreto de su extraña aventura. ¡Si mamá! contestó y saltó de la cama para comenzar un nuevo día.

 

FIN

Comentarios

LAURA GUTIERREZ ha dicho que…
Me atrapó de principio a fin. Muy interesante la magia de los ALUXES!!!

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